
Conviene también estar al tanto de hechos como estos: que incluso las modificaciones accesorias de las cosas naturales tienen algún encanto y atractivo. Así, por ejemplo, un trozo de pan al cocerse se agrieta en ciertas partes; esas grietas que así se forman y que, en cierto modo, son contrarias a la promesa del arte del panadero, son a la vez adecuadas y excitan singularmente el apetito. Asimismo, los higos se entreabren cuando están muy maduros. Y en las aceitunas que quedan maduras en los árboles, su misma proximidad a la putrefacción añade al fruto una belleza singular. Igualmente las espigas que se inclinan hacia abajo, la melena del león y la espuma que brota de la boca de los jabalíes y muchas otras cosas, examinadas aisladamente, están lejos de ser bellas; y, sin embargo, al ser consecuencia de ciertos procesos naturales, cobran un aspecto bello y son atractivas. De manera que, si una persona tiene sensibilidad e inteligencia suficientemente profunda para captar lo que sucede en el conjunto, casi no advertirá, incluso entre las cosas que acontecen por efectos secundarios, algo que no comporte algún encanto singular. Y esa persona verá las fauces reales de las fieras con no menor agrado que todas sus reproducciones realizadas por pintores y escultores; incluso podrá ver con sus ojos inteligentes cierta plenitud y frescura en los ancianos y el amable encanto de los niños. Muchas cosas semejantes se encontrarán no al alcance de cualquiera, sino, exclusivamente, para el que de verdad esté familiarizado con la naturaleza y sus obras.
Por si alguien piensa – a la vista del momento histórico que vivimos- que la estupidez es una propiedad intrínseca de los gobernadores. Del tercer libro de las Meditaciones de Marco Aurelio (121-180 d.C.), el último gran emperador romano. Da vergüenza propia y ajena comparar a alguien así con cualquiera de los políticos que se votan ahora…
(Gracias a Carlota, que fue la primera persona en presentarme a M. A.)