
Las industrias de la cultura (perdón por la paradoja) llevan años quejándose de que están sumidas en una profunda crisis económica derivada del pirateo. La queja es falsa y supone una estrategia para conseguir réditos a través de la política -no hay más que ver las cifras de ventas del año pasado o preguntarle a cualquier músico cómo se presenta la campaña de conciertos de este verano. El tema de esta entrada no es ese, sin embargo, sino la idea de que quizá no nos vendría mal que se diera esa crisis para que algunas cosas cambiaran.
Te lo voy a explicar con un ejemplo real. Ayer fuimos a ver la película The Happening (creo que en España se ha traducido el título como El incidente). Resumiendo sus cualidades, eLe y yo llegamos a la conclusión de que era la peor película que habíamos visto en -al menos- los últimos cinco años. Los actores son realmente patéticos, los diálogos están hechos de tópicos traídos a contrapie, la idea de la trama podría dar para algo decente, pero ni se desarrolla ni se justifica… Se supone que el público debería haber estado en tensión durante todo el metraje y no paramos de reírnos a mandíbula suelta. Hacía mucho que no nos reíamos tanto de una película.
Que una película salga fallida tampoco es para tanto, el problema está cuando un desastre así, producido al otro lado del charco, llega a miles de salas de todo el mundo. ¿Cómo es posible? ¿Nadie se ha dado cuenta en la cadena de distribución de que estaban diseminando un producto vergonzoso? Parece que la crítica no es posible en la industria cinematográfica actual. Quienes producen, distribuyen y comercializan las películas son los mismos y nadie tira piedras sobre su propio tejado. La calidad del producto no afecta a cómo será promocionado. En este complot participan todos los que pueden ganar dinero con él, desde el director del engendro hasta el que lleva la sala de cine. Lo de los críticos es un caso aparte. Empeñados en acabar con su propia profesíón, han renegado de la crítica para dedicarse a dos tareas que atentan contra el cine que dicen amar: si la película es buena, te resumen el argumento con entusiasmo de modo que ya no tiene mucho sentido ir a verla; si la película es terrible, se manejan en la ambigüedad no sea que los jefes se les enfaden. Vuelvo al ejemplo con el que estaba. Ante algo tan malo como The happening, el seudobloguero Oti Rodríguez Marchante titula su entrada con el positivo -y graciosillo- Sí a Shy. Después parece deducirse del texto que ni tan siquiera ha visto la película (tan tonto no es), pero remata la faena con la siguiente frase: “Probablemente el asunto sea si Shyamalan está a la altura de sí mismo con “El incidente”, sea cual sea esa altura.” ¿Sea cual sea esa altura? ¿Se puede ser más ambiguo con algo tan fácil de criticar? Esto sin tener en cuenta que la altura de Shy ha ido reduciéndose a grandes saltos película a película desde aquel espejismo que fue El sexo sentido.
No quiero que parezca que es una crítica contra el cine americano. Los mismos problemas, incluso más extremos, los podemos encontrar en otras cinematografías. En España, por ejemplo, las películas suelen estar producidas por las televisiones que, casualmente, comparten dueño con los demás medios de comunicación. Así se pueden leer críticas maravillosas -y ver cómo se atiborra de premios- películas tan tristes como la de El orfanato, también profusa en escena trágicas de lo más hilarantes (se me viene a la memoria la escena en que la pareja corre por la playa y me vuelve a salir la risa floja).
Tampoco estoy diciendo que el estado de la industria sea tan malo que no pueda ofrecer buenas creaciones. Ahora mismo está en las salas, por ejemplo, la última maravilla de Sidney Lumet (Before the Devil Knows You’re Dead), un tipo empeñado en demostrar que se puede ser buen director haciendo musicales, dramas y comedias, y que aún se les puede dar una vuelta de tuerca a todos los géneros.
Creo que sería saludable, no obstante, que se le pasara factura a una industria (¿o a una sociedad?) que parece no distinguir entre Shyamalanes y Lumets, entre Seymours Hoffman y Belenes Rueda. En la industria del cine más que en ninguna otra, no es oro todo lo que reluce.